10 may. 2011

¿SABEMOS LO QUE COMEMOS?



Comer puede ser malo para la salud (incluso comiendo sano)

Son un enemigo invisible, pero muy perseverante. Las sustancias químicas que hay en nuestros alimentos, hasta en los aparentemente saludables, pueden llegar a causar enfermedades crónicas. El aumento del asma, los problemas de fertilidad, la diabetes y otras enfermedades autoinmunes apuntan hacia lo que comemos.

or eso hemos preguntado a los expertos qué pruebas hay y qué se está haciendo para garantizar nuestra salud. La respuesta es, cuando menos, inquietante.

Estamos acostumbrados a que suenen las trompetas del Apocalipsis cada dos por tres, sea por las «vacas locas175 o por la gripe A. Pero la última alarma sanitaria en Europa se ha ventilado entre susurros. El hallazgo de dioxinas en los piensos, la carne y los huevos en Alemania obligó a cerrar miles de granjas en enero. ¿Quién se acuerda?

Puede que nuestra capacidad para sobresaltarnos se haya embotadocon tanto pregonar que viene el lobo. ¿Dioxinas cancerígenas en un muslo de pollo? ¿Huevos sospechosos? ¡Bah! El nuevo lobo está en Fukushima y sus aullidos nos llegan atenuados. Sin embargo, el potencial dañino de las dioxinas detectadas en Alemania y de otras muchas sustancias químicas que forman parte de nuestro menú cotidiano debería preocuparnos.

¿Tan peligrosas son las dioxinas? Sí. Baste recordar que son un ingrediente del agente naranja, el defoliante utilizado por Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Hoy siguen naciendo miles de niños con malformaciones en las zonas fumigadas. ¿Cómo puede llegar una dioxina a una salchicha? El Gobierno alemán echó la culpa a un fabricante de piensos que utilizó grasas industriales. Pero muchos expertos en toxicología y nutrición le dan la vuelta a la pregunta. ¿Cómo pueden no llegar las dioxinas a nuestros alimentos? ¡Si están en todas partes! Plásticos, pesticidas, desechos de la industria del cloro, humos de la combustión de residuos... Lo peor es que, una vez que llegan al medio ambiente, es muy difícil deshacerse de ellas. Y pueden acabar en la cadena alimentaria y, sin que lo sepamos, en nuestros cuerpos.

La irrupción en los últimos tiempos de una nueva enfermedad -la sensibilidad química múltiple- está motivada sin ninguna duda por la proliferación de estas sustancias. ¿Y qué pasa con el cáncer, las alergias, el asma, la diabetes, la infertilidad y las demencias seniles, cuya incidencia está aumentando en los países industrializados de una manera espectacular? ¿También hay que echarle la culpa a los contaminantes? Al menos, en parte, es muy probable.

Según la Organización Mundial de la Salud, los factores ambientalesson los responsables de una de cada cuatro muertes. El informe preparado para la European Science Foundation alerta de que los varones de los países industrializados han visto reducida su producción de esperma un 40 por ciento en el último medio siglo y estiman que se ha multiplicado por dos la incidencia del cáncer de testículo. Además, si se confirman las sospechas en una caída real en los niveles de testosterona, las consecuencias sobre el aumento de enfermedades metabólicas, como diabetes, y cardiovasculares son más que inquietantes. Patologías femeninas como la endometriosis y el ovario poliquístico también se han disparado. La tasa de asma se ha duplicado desde los años 90. Y 50 estudios han relacionado la exposición a los contaminantes con una mayor incidencia de la diabetes de tipo 2, que ya afecta al 10 por ciento de los españoles, y de trastornos metabólicos como la resistencia a la insulina. Uno de estos informes realiza una proyección estadística que hace tragar saliva: a este ritmo, en 2050, la mitad de la población europea podría ser diabética o padecer otras enfermedades autoinmunes.

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